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Cómo alejarse de la negatividad



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¡Que el mundo esta difícil! ¡Que nada es como antes! ¡Que no tengo suerte en el amor! ¡Nada me resulta! ¡Para qué me esfuerzo! bla, bla, bla… Cuántas veces nos hemos encontrado reflexionando acerca de eso y conversando con familiares o amigos al respecto. Instancias en las que todos nos desahogamos de las cosas que no nos están saliendo bien en la vida. Pero, ¿cómo podemos distinguir si tenemos una mirada negativa y pesimista de la vida o si estamos cursando una depresión?

Tendríamos que partir aclarando que todos vivimos experiencias que consideramos negativas a lo largo de la vida, la diferencia está en cómo somos capaces de enfrentarnos a ellas. ¿Aprendemos de las experiencias? ¿Tomamos nuevas decisiones? ¿Buscamos el lado positivo desde el crecimiento personal? ¿O nos quedamos centrados en la queja, la frustración y la autocrítica destructiva? Esto puede reconocerse en refranes populares con los que alguna vez nos hemos sentido identificados: “Ver el vaso medio vacío, en vez de medio lleno” o “ver que el pasto del vecino siempre está más verde”. Si nos quedamos en ese análisis, retroalimentando las experiencias con pensamientos negativos, con el tiempo puede transformarse en un hábito difícil de dejar.

Algunos estudios indican que tenemos unos 60.000 pensamientos por día (a lo menos), por lo que no es difícil imaginar que la recurrencia de pensamientos negativos respecto de uno mismo y del mundo, se irán reflejando en el estado afectivo. Por otra parte, el reflexionar sobre lo que podría salir mal, nos permite adelantarnos a los hechos para evitar consecuencias negativas. Debemos ser proactivos en la búsqueda de alternativas. El problema es cuando pasamos a ser expertos en cuestionarlo todo en términos negativos, lo que hace difícil enfrentar la cotidianeidad y nos hace aprensivos e inseguros. Esto nos obliga a estar siempre atentos y nos genera un desgaste emocional innecesario, afectando también nuestras relaciones interpersonales, alejando o aburriendo a las personas.

Otro punto importante es que una actitud negativa produce una alteración en la forma de pensar, sentir y actuar, lo que en algunos casos puede llegar a configurar una depresión. Se trata de un trastorno del estado de ánimo donde el síntoma habitual es un estado de abatimiento e infelicidad, el que puede ser transitorio o permanente. También puede ocurrir que no se experimente tristeza, sino una pérdida de interés e incapacidad para disfrutar las actividades lúdicas habituales. Asimismo, pueden reconocerse síntomas como irritabilidad, falta de motivación, disminución de la capacidad para disfrutar, variaciones en el peso, alteraciones del sueño, sentimientos recurrentes de inutilidad o culpa, disminución de la capacidad intelectual, y/o pensamientos recurrentes de muerte o ideación suicida, entre muchos otros.

Todos estos síntomas están descritos de manera muy general; claramente un diagnóstico de depresión requiere un análisis más profundo. Por lo mismo, si hay una identificación importante en esta descripción, lo mejor es consultar a un especialista.

¿Podemos cambiar?

Estudios indican que el reconstruir pensamientos originalmente negativos y aprender a ver la vida en forma más positiva podría ayudarnos a ser más felices y fomentar afectos positivos.

Está descrito que estados anímicos positivos, actividades con la familia y amigos, actividad física, sentido del humor, actitudes positivas, tener metas realistas y una buena autoestima, contribuyen necesariamente a la felicidad. Las personas más optimistas son capaces de manejar mejor su frustración y el dolor, andan contentas la mayor parte del tiempo y son más energéticas.

David Fischman, en su libro “La alta rentabilidad de la felicidad”, menciona estudios que indican que aproximadamente el 50% de la felicidad depende de la genética, el 10% de las circunstancias y el 40% de nuestra voluntad. Esto nos obliga a reflexionar acerca de cuánto nos hacemos cargo de nuestra felicidad o cómo —constantemente— podemos llegar a evadir esa responsabilidad y atribuírsela a otros.

Las emociones positivas nos impulsan a ser mejores, movernos y actuar. Si estamos más atentos a los aspectos positivos de las situaciones, si recordamos con frecuencia momentos agradables, si nos damos el tiempo para disfrutar, deberíamos ir desarrollando una visión más optimista de la vida.

Debemos fijarnos metas realistas y aprender a valorar los pequeños logros que contribuyen a nuestras metas. Si prestamos atención a los detalles simples y positivos, seremos capaces de disfrutar mucho más de nuestros logros y estaremos más motivados a plantearnos nuevas metas.

Es nuestra responsabilidad el trabajar por construir una vida más feliz. Nadie ha dicho que es tarea fácil, pero está en nuestra voluntad el poder cambiarlo. El desafío de la felicidad esta en buscarla día a día y el saber que es variable a lo largo de nuestra vida. Lo interesante es saber ¡qué siempre habrá algo por hacer!

Por: Bárbara Serra, sicóloga Cetep.

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